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Esperanza que nos invita a renacer

Esperanza que nos invita a renacer

Sé que la Navidad es triste para algunos: para el que sufre prisión o enfermedad, o está solo, o llora este día la pérdida de un ser querido, o recuerda felices navidades que sólo existen ya en la memoria, o no tiene empleo, o padece cualquiera de los muchos quebrantos que en la vida hay.

Quisiera acompañarlos, y decirles que por encima de todas las tristezas una alegría nos llegó a todos este 25 de diciembre que pasó. (¡Ah, qué rápido pasó!).

La Navidad fue el anuncio de ese gozo.

Poseídos por la tristeza o por la dicha celebramos -los creyentes- el nacimiento del Dios que se hizo hombre para acercarnos a él.

Día de esperanza, esa esperanza nos invita a renacer.

Quizá no somos capaces ahora de superar nuestra pena, pero podemos iluminarla con la promesa de nuevos tiempos que vendrán, pues cada día trae consigo su propia Navidad, fruto de aquella Navidad eterna que comenzó en Belén.

¡Cómo quisiera yo ser aunque fuera un reflejo opaco y deslucido de esa alegría universal que llega más allá de todas las distancias y dura más que todas las edades!

Pero estoy lleno de imperfecciones, y sólo puedo hacer lo que el saltimbanqui del antiguo cuento, que hacía piruetas en la penumbra y soledad de la capilla, pues no conocía otro modo de orar.

Más pobre que el de ese saltimbanqui es mi oficio, pero me sirve para llegar a mi prójimo y unirme a él en la común paternidad de la cual venimos.

Que la promesa recibida este pasado día de Navidad nos acompañe a todos en el gozo fraternal de compartir esta vida y este mundo.

Y, si sufrimos, que su luz nos ayude a ver que también ese sufrimiento es parte de nuestra Navidad.

Fuente: Armando Fuentes Aguirre

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