Cuidado con la influenza

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Existe una probabilidad grande de que tú o alguien que conoces haya padecido, o padezca en algún momento, la agonía de padecer influenza.

Los pacientes vulnerables con sistemas inmunitarios débiles deben consultar a sus médicos, así como cualquiera que comience a tener dificultades para respirar o se sienta mareado. Sin embargo, para los pacientes saludables, la mejor estrategia es entender cómo es que la influenza ataca al cuerpo y realizar prácticas de autocuidado como respuesta.

La influenza se transmite predominantemente a través de gotitas en el aire. Así que si te encuentras de uno a dos metros de alguien que está enfermo, es probable que respires sus exhalaciones llenas de microbios.

Entonces, el virus se adhiere a las membranas mucosas que cubren la parte trasera de tu nariz, tu garganta y tus bronquios. Después, los invasores se apropian de las células epiteliales que conforman las membranas mucosas, controlan su maquinaria metabólica, para replicarla y crear muchos más virus, que a su vez infectan a las células adyacentes. Esta fase inicial toma de uno a cuatro días.

Conforme el virus coloniza tus vías respiratorias, tu cuerpo comienza a darse cuenta de que algo no va bien y manda a sus tropas inmunitarias que crean una respuesta inflamatoria, al tiempo que libera proteínas llamadas interferones, porque interfieren con los invasores extraños.

Paradójicamente, son nuestros propios soldados hechos para la pelea los que nos causan los síntomas.

El dolor y la fiebre son señales de que necesitas comenzar a beber muchos líquidos. La batalla campal que se está llevando a cabo dentro de tu cuerpo te va a deshidratar más de lo que crees. Quizá notes que tu orina se volverá más oscura y que tendrás que ir con menos frecuencia al baño.

Los expertos dicen que debes asegurarte de beber una taza o más de agua o de algún otro líquido cada hora, evita las bebidas alcohólicas y las que contengan cafeína.

Beber fluidos disminuirá el dolor de cabeza y también aumentará tu respuesta inmunitaria porque tus soldados proteínicos se trasportan a través de los fluidos corporales. La deshidratación obstaculiza su movimiento.

Aunque te sientas terrible en general, la verdadera batalla se está peleando en tus vías respiratorias, donde se localiza el virus. Cuando la guerra esté terminando, ya no te sentirás adolorido ni con fiebre, pero aún tendrás inflamación en la garganta, los senos paranasales y los bronquios.

Por estas razones, los medicamentos que se venden sin receta que eliminan la tos y secan los senos paranasales quizá no sean la mejor idea.

A pesar de que necesitas descansar, estar acostado todo el tiempo puede ser un problema porque hace que tus pulmones se colapsen y no puedas toser eficientemente, lo que atrapa las bacterias en tu vías respiratorias. Si el virus destruye suficientes células en tus bronquios crea huecos para que las bacterias entren a tus pulmones, lo que puede ocasionar neumonía, una complicación potencialmente mortal de la influenza.

Cuando tus pulmones están en posición vertical en lugar de horizontal, eres capaz de respirar libre y profundamente y puedes sacar con la tos cualquier material inadvertido, incluso bacterias microscópicas, que pueden bajar hasta los bronquios.

El descanso, los fluidos, no quedarse acostado todo el día y quizá también dejar que entre aire fresco y luz solar son las mejores medidas que puedes tomar. Para evitar que tus amigos, familiares y colegas se enfermen, mantente recluido hasta 48 horas después de que la fiebre se haya ido y te estés sintiendo mejor.

Fuente: NYT

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