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Karma: Cosechamos lo que sembramos

Probablemente muchos habrán escuchado o usado la palabra karma, pero su significado puede ser ambiguo. Es de esperarse, ya que tiene muchos. Viene del sánscrito, donde karma significa literalmente acción.

Similar a la tercera ley de Newton, se dice que toda acción tiene una reacción o efecto. De esta manera, también se usa karma para describir la «ley» de causa y efecto: si cometo acciones positivas, habrán efectos positivos. Si realizo acciones negativas, recibiré efectos negativos.

El karma es un concepto central en varias prácticas espirituales, tales como el hinduismo, budismo y jainismo.

Tiene amplias diferencias. Por ejemplo, en budismo una acción negativa implica un efecto kármico sólo si es intencional, mientras que en el jainismo el efecto se da aunque ni nos demos cuenta de que cometimos una acción negativa, tal como al pisar un insecto.

El karma también tiene que ver con la reencarnación, pero podemos enfocarnos en los aspectos pragmáticos de este concepto, los cuales pueden ser útiles en nuestra vida cotidiana, ya que han conformado una base para la ética.

Hay que notar que el karma no es destino. Es independiente de un juicio divino. Implica que somos responsables de los efectos de nuestras acciones.

Es útil para aceptar las cosas como son y salir del juego de las culpas. En otras palabras: cosechamos lo que sembramos. Si sembramos fruta, la disfrutaremos. Si sembramos cactus, nos espinaremos.

Pero la satisfacción o el dolor no los recibimos por suerte o por voluntad divina: son el resultado de nuestras acciones, aunque nos enojemos y les reclamemos a los cactus.

Que alguien sepa de karma no implica que será responsable, ya que podemos echarle la culpa de nuestros males a vidas pasadas, o argumentar que podemos lastimar a alguien ya que se lo merecía por su mal karma.

Y que alguien practique alguna religión abrahámica (cristiana, judía, islámica) tampoco implica que sea irresponsable, ya que como Newton y otros, se le puede asignar causa divina a sólo unos pocos efectos.

Más aún, en la Biblia hay conceptos similares al karma (e.g. cada uno cosecha lo que siembra (Gálatas 6:7); los que a hierro matan, a hierro mueren (Mateo 26:52)).

De cualquier manera, queda claro que hay muchas situaciones que dependen de nuestras acciones y otras que no. Enfoquémonos en las que sí dependen de nosotros, seamos conscientes de sus efectos o no.

Muchos animales somos imitadores. Es un mecanismo básico de aprendizaje y tenemos estructuras dedicadas (las neuronas espejo) que nos permiten imitar desde el nacimiento, sin necesidad de lenguaje o conciencia.

Debido a nuestra tendencia imitadora, las acciones de una persona se contagian fácilmente en un grupo. Por ejemplo, aplaudiendo en un evento, o tocando la bocina en el tráfico.

Si hacemos más positivo nuestro entorno con nuestras acciones, nos beneficiaremos de distintas maneras. Lo opuesto sucederá si nuestras acciones son negativas.

La mayoría de nuestras acciones son habituales, difíciles de cambiar. Se dice que los hábitos no pueden eliminarse. Por lo tanto, se recomienda reemplazar un hábito con otro.

Mi abuelo, para dejar de fumar, masticaba chicles (adicción que compartió con sus nietos).

Ser conscientes de los efectos de nuestras (in)acciones nos puede ayudar a guiarlas y a motivarnos. Si tienes codicia, comparte. Si tienes celos, desea lo mejor. Si tienes flojera o depresión, ayuda a los demás.

Fuente: Carlos Gershenson

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